Todas
estas reacciones son extremadamente útiles para la supervivencia.
El cuerpo sabe exactamente qué debe de hacer ante la percepción
de un peligro para maximizar las posibilidades de salir con vida.
Ante la percepción de un peligro se agudizan todos nuestros
sentidos. Abrimos más los ojos, y las pupilas se dilatan para
recabar la mayor cantidad de información posible. En realidad
es una gran ventaja que todo esto suceda de manera automática,
y que no seamos nosotros quienes tenemos que activar la alarma y provocar
todas estas reacciones. Nuestro trabajo simplemente se concentra en
analizar la situación para tomar la mejor decisión según
sea la amenaza.
Sin
embargo, en algunas personas esta alarma se activa sin ninguna razón
aparente. Cuando esto sucede, se da lo que se conoce como un ataque
de pánico. Cuando la alarma se activa ante estímulos
específicos, se da lo que se conoce como una fobia.
En muchos casos, primero se presenta un ataque de pánico, y
éste evoluciona hasta convertirse en una fobia. Por ejemplo,
una persona que tiene un ataque de pánico mientras se encuentra
en su automóvil manejando, puede desarrollar una fobia a manejar,
ya que teme que vuelva a sufrir un ataque de pánico mientras
lo hace. De hecho, el simple hecho de subirse al auto, desencadena
en la persona toda una serie de reacciones de miedo, que son características
de las fobias.
Las crisis de pánico en personas con fobias disparan la alarma,
la persona comienza a sentir todas las reacciones fisiológicas
primitivas de huir o pelear, e inmediatamente vienen a la mente imágenes
catastróficas. El sistema límbico reacciona a esta situación
una vez más, lo cual provoca un aumento aun mayor en los niveles
de miedo. La respiración se altera, provocando cambios en la
química sanguínea. Las glándulas endocrinas bombean
hormonas, tales como la adrenalina, a la sangre. Al ser confrontado
con un estímulo fóbico, las personas presentan un aumento
en su ritmo cardiaco y su presión sanguínea. Cuando
esto sucede, la persona percibe una confirmación de que sus
síntomas iniciales eran de hecho indicadores de un peligro
serio. Una sensación de peligro extremo invade a la persona,
con lo cual el sistema límbico vuelve a reaccionar desencadenando
la respuesta de miedo, volviéndose así un círculo
vicioso que paraliza a la persona.
Los
lóbulos frontales se encargan de cambiar la atención
consciente de una cosa a otra, de acuerdo con lo que exigen las circunstancias.
La capacidad de cambiar la atención consciente de los lóbulos
frontales a voluntad es severamente disminuida en los trastornos de
ansiedad. El sistema primitivo del miedo, por otro lado, tiende a
fijar la atención en el objeto que percibe como amenazante.
Fuerza a la conciencia a enfocarse en el objeto del miedo. En el caso
de las fobias, la atención se fija totalmente en el objeto
de la fobia, excluyendo todo lo demás.
Es
por esto que cuando una persona con una fobia se encuentra frente
al estímulo fóbico, su reacción es de un miedo
muy intenso, a pesar de que las circunstancias no representen realmente
una amenaza para la persona. Ella percibe solamente aquello que ve
como amenazante y lo magnifica, excluyendo todo el contexto que podría
ayudar a reducir esa sensación de vulnerabilidad y peligro.