Si te fijas,
todos estos pasos tienen que ver contigo, no con el otro. No estamos
ni siquiera considerando si el otro se enojó o no, si aceptó
tus disculpas o no, si se ofendió o le dio risa. No lo mencionamos
porque nada de eso depende de ti. Tú únicamente puedes
hacer aquello que está en tus manos, que es reconocer, disculparte
y resolver hasta donde te es posible. No puedes directamente cambiar
las reacciones del otro. Si el otro se enoja y a pesar de tus disculpas
te insulta y a pesar de que ofreces todas las soluciones posibles,
el otro decide seguir enojado y no aceptar que no fue tu intención,
ese ya es problema del otro, eso sí no es tu culpa.
Tal vez digas:
“pero sí fui yo quien lo mojó, es mi culpa que
esté enojado”. En parte si, pero volvemos a que una
vez que tu ya hiciste lo que está en tus manos, ya
no puedes hacer más. Ya no depende de ti. Tú ya hiciste
lo correcto. Ya aceptaste tu error y ofreciste corregir
el problema. Ya puedes estar en paz y tranquilo contigo. Si tú
ya te perdonaste, puedes sentirte bien contigo, aún sabiendo
que cometiste un error. Si el otro está enojado y tú
quieres ayudarle con su emoción, puedes pedirle disculpas
otra vez, puedes soportar su enojo sin enojarte de regreso con él,
pero en realidad tú no puedes asumir responsabilidad por
las reacciones de otra persona. Quizá puedas intentar ayudarle
a que se sienta bien, pero no eres responsable de su mente y todo
lo que trae en ella.
Esta es la gran
diferencia entre sentirte culpable y sentirte responsable. Con la
culpa sientes que tú estás mal, te sientes mal contigo
(y eres susceptible al chantaje y manipulación de otras personas
que necesiten manipularte). Al hacerte responsable te sientes mal
con el hecho, con el error, pero te sientes muy bien contigo.
Hay una gran
diferencia entre sentirse culpable y hacerse responsable. No se
trata de decir “bueno, ya no me voy a sentir culpable de lo
que hice y ahora hago como que no pasó nada”, ya que
esto sería una actitud inmadura e irresponsable. Se trata
de reconocer mi error y hacerme responsable de él. Solamente
puedo hacer algo por remediarlo hasta cierto punto. Más allá
de eso ya no puedo. Ya no depende de mí.
Tampoco se trata
de andar por la vida actuando sin pensar y cometiendo errores a
diestra y siniestra con una mentalidad de “si el otro se enoja,
ese ya no es mi problema”, ¡No! Eso también sería
una actitud inmadura, propia de un niño que no sabe medir
las consecuencias de sus actos y no tiene conciencia de cómo
sus actos repercuten en los demás y en su medio, ya que vive
centrado en si mismo.
Se trata de
aceptar que eres humano, que te vas a equivocar, y que eso es inevitable.
Que sentirte mal contigo por esos errores no sirve de mucho. Que
es mejor aceptar tus fallas como parte de tu naturaleza y del proceso
de crecimiento, y actuar con madurez y con responsabilidad frente
a los demás. Para esto se requiere de una alta
autoestima y seguridad personal.
Aquí
usamos un ejemplo de un error poco relevante, pero lo mismo aplica
para cualquier equivocación. No importa la dimensión
de ésta. Lo único que está en tus manos finalmente
es reconocerlo, disculparte, intentar solucionarlo hasta donde es
posible y aprender de ello. Muchas veces no hay solución
para la situación, y ni modo, no sirve de nada culparte tampoco
en estos casos. El sentirte culpable no va a regresar el tiempo.
Hay que aceptar las cosas como son, asumiendo la responsabilidad
de nuestros actos, y sintiéndonos bien con nosotros mismos
en toda situación. Esto es en gran medida el resultado de
haber trabajado una buena autoestima. Valorarte a ti mismo de la
mejor manera y con toda profundidad frente a éxitos y frente
a fracasos, frente a aciertos y sobre todo, frente a los errores,
que son de las cosas más normales y comunes de la vida.